
Fue inevitable que la hostilidad hacia él aumentase hasta convertirse en violencia; había estado involucrado con demasiadas mujeres, peleado con demasiados hombres. Ward Donahue lo encontró un día tumbado en una zanja a las afueras de la ciudad. Rule fue golpeado por un grupo de hombres que decidieron darle su merecido y estaba tan delgado que sus huesos se translucían bajo la piel. Todavía silencioso y concentrado, sus oscuros ojos brillaban intensamente cuando miró a su salvador con un sombrío desafío aún cuando era incapaz de mantenerse en pie. Sin una palabra Ward lo cogió en brazos como si fuera un niño y lo llevó al rancho para cuidar de él. Una semana más tarde, Rule, se arrastró dolorosamente sobre un caballo y acompañó a Ward por el rancho, realizando la difícil pero necesaria tarea de reparar el cercado roto y juntar el ganado dispersado. Tenía tantos dolores durante los primeros días que el sudor corría por su cuerpo cada vez que se movía, pero él continuó con sombría determinación.
Dejó de beber y empezó a comer regularmente otra vez. Se robusteció y aumentó de peso debido a la comida y al duro trabajo físico que hacía. Nunca habló sobre lo que había pasado. Los otros trabajadores del rancho lo dejaban solo excepto por lo contactos necesarios durante el trabajo, pero Rule ya era poco comunicativo en sus mejores tiempos. Trabajó, comió y durmió, y cualquier cosa que le pedía Ward Donahue, él lo hacía o moría en el intento.
El afecto y la confianza entre los dos hombres eran evidentes; nadie se sorprendió cuando Rule fue nombrado capataz al irse el anterior a un trabajo en Oklahoma. Como Ward decía a cualquiera que quisiera escucharle, Rule tenía instinto para los caballos y el ganado y Ward confiaba en él. Por entonces los otros trabajadores del rancho se habían acostumbrado a trabajar con él y la transición fue tranquila.
Poco tiempo después Ward murió de una fuerte caída.
