
Entonces el dolor sacudió al hombre, que se llevó las manos a su costado izquierdo, pero en realidad el dolor estaba ahora por todas partes. No obstante, su origen había sido el lugar que ahora él atacaba con una feroz aunque fútil venganza. Apenas podía respirar mientras se le contraía el rostro.
Deslizó una mano hasta el aparato sujeto en el cinturón. Con la forma y el tamaño de un walkman, era en realidad una bomba CADD conectada a un catéter Groshing oculto debajo de la camisa y cuyo otro extremo estaba insertado en el pecho. El dedo encontró el botón correcto y el microordenador en el interior de la bomba descargó inmediatamente una muy potente dosis de analgésicos en una cantidad muy superior a la que suministraba automáticamente a intervalos regulares a lo largo del día. A medida que la mezcla analgésica entraba directamente en el torrente sanguíneo, el dolor fue disminuyendo hasta desaparecer del todo. Pero volvería; siempre volvía.
El hombre se echó hacia atrás, exhausto, el rostro sudoroso, la camisa empapada de sudor. Dio gracias a Dios por poder manejar la bomba a voluntad. Tenía una tolerancia extraordinaria al dolor, porque su fuerza mental podía superar fácilmente cualquier malestar físico, pero la bestia que le devoraba las entrañas le había introducido en un nuevo nivel de angustia física. Por un momento se preguntó qué llegaría primero: la muerte o la derrota más absoluta de las drogas frente al enemigo. Rezó para que ganara la muerte.
Fue tambaleándose hasta el baño y se miró en el espejo. En ese momento, se echó a reír. Las carcajadas casi histéricas aumentaron de volumen hasta parecer que estallarían a través de las delgadas paredes del apartamento, y entonces el estallido incontrolable se transformó en sollozos y en un vómito. Unos minutos más tarde, después de cambiarse de camisa, Lieberman estaba otra vez delante del espejo, ocupado en hacerse el nudo de la corbata. Le habían avisado de los violentos cambios de humor. Sacudió la cabeza.
