Ni los sistemas de vuelo más avanzados del mundo ni las más excepcionales habilidades de pilotaje podían invertir la tremenda certidumbre a que se enfrentaban cada uno de los seres humanos encerrados en el proyectil destrozado. Todos iban a morir en cuestión de segundos. Como ocurre en casi todas las catástrofes aéreas, los dos pilotos serían los primeros en abandonar este mundo; los demás a bordo del vuelo 3223 los seguirían una fracción de segundo más tarde.

Lieberman mantenía la boca abierta en una expresión atónita mientras se sujetaba a los brazos del asiento. A medida que el morro del avión se ponía en posición vertical, Lieberman se encontró mirando cabeza abajo el respaldo del asiento que tenía delante como si estuviese en lo más alto de una enloquecida montaña rusa. Por desgracia para él, Arthur Lieberman permanecería consciente hasta el preciso instante en que al avión chocara contra el objeto inmóvil hacia el cual se desplomaba. Su desaparición del mundo de los vivos ocurriría varios meses antes de lo esperado y sin cumplir con los planes previstos. A medida que el avión comenzaba el descenso final, una palabra escapó de los labios de Lieberman. Aunque era un monosílabo, fue emitido en un alarido continuo que se oía por encima de todos los demás terribles sonidos que inundaban la cabina:

– ¡Noooo!

Capítulo 2

Washington, D.C., Área metropolitana, un mes antes

Jason Archer, con la camisa sucia y el nudo de la corbata torcido, revisaba el contenido de una pila de cajas. A su lado tenía un ordenador portátil. Cada cierto tiempo se detenía, sacaba un papel del montón y con un escáner manual copiaba el contenido en el ordenador. El sudor le goteaba de la nariz. El depósito donde se encontraba era caluroso y sucio. De pronto, una voz le llamó desde algún lugar del amplio recinto. «¿Jason?» Sonaron unos pasos. «Jason, ¿estás aquí?»



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