Jason se apresuró a cerrar la caja que estaba revisando, cerró la tapa del ordenador y lo ocultó entre el montón de cajas. Unos segundos más tarde apareció un hombre. Quentin Rowe medía un metro setenta de estatura, pesaba unos setenta y cinco kilos, era estrecho de hombros, no llevaba barba y usaba gafas de cristales ovalados. Llevaba el pelo rubio y largo recogido en una coleta. Iba vestido con téjanos y camisa blanca de algodón. La antena de un teléfono móvil asomaba por el bolsillo de la camisa. Tenía las manos metidas en los bolsillos traseros del pantalón.

– Pasaba por aquí. ¿Cómo vas?

Jason se puso de pie y estiró los músculos.

– Va saliendo, Quentin, va saliendo.

– El trato con CyberCom está cada vez más caliente y quieren el informe financiero. ¿Cuánto crees que tardarás? -A pesar de su aspecto despreocupado, a Rowe se le notaba ansioso.

– Una semana, diez días como máximo -respondió Jason con la mirada puesta en las cajas.

– ¿Estás seguro?

Jason asintió y se limpió las manos metódicamente antes de mirar a Rowe.

– No te fallaré, Quentin. Sé lo importante que es CyberCom para ti. Para todos nosotros.

Un estremecimiento culpable sacudió la espalda de Jason, pero su rostro permaneció inescrutable.

– No olvidaremos tus esfuerzos -le prometió Rowe, más tranquilo-. Esto y el trabajo que hiciste con las copias de las cintas es fabuloso. Gamble se mostró muy impresionado, hasta donde él puede entender.

– Creo que será recordado durante mucho tiempo -opinó Jason.

Rowe contempló la pila de cajas con una expresión incrédula.

– Pensar que el contenido de este montón entra tranquilamente en un puñado de disquetes… Qué desperdicio.

– Digamos que Nathan Gamble no es la persona más enterada en informática del mundo -señaló Jason con una sonrisa que Rowe replicó con un bufido-. Sus operaciones de inversión generan un montón de papel, Quentin, y no puedes discutir con el éxito. El hombre ha ganado una fortuna a lo largo de los años.



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