
Se avergonzaba de haber sospechado cosas atroces, tráfico de humanos entre lo peor. Sí, él había empezado pasando de contrabando armas en sus buques de carga, años antes cuando no tenía nada. Pero parecía que había más que compensado todos sus errores y por lo que ella podía deducir, él era sinceramente legítimo. Por lo menos ella podría limpiar su nombre con la Interpol y las otras agencias del mundo donde su nombre seguía surgiendo. Eso la haría sentirse mejor acerca de haber pasado estos últimos meses trabajando para ofrecerle amistad y ganarse su confianza.
– Oigo un pero ahí, Sheena -dijo Stavros.
Elle abrió los brazos, abarcando el yate y el brillante mar.
– Todo esto. Esto es tu mundo y yo puedo dar un paso en él ocasionalmente, pero nunca podría vivir en él cómodamente. He mirado tu historial, Stavros, y no crees en la permanencia, y no, no insisto en casarme contigo. Me conozco. Me conectó a la gente y separarse es terriblemente doloroso.
– ¿Quién dice que tenemos que separarnos? -dijo Stavros-. Vuelve a casa conmigo. -Su voz era suave, persuasiva, y por un momento ella quiso rendirse, quiso tomar lo que él le ofrecía. La hacía sentirse como una hermosa y deseable mujer, cuando nadie más lo había hecho, pero al final, no era la glamorosa y sofisticada Sheena, en realidad era Elle Drake y llevaba su equipaje con ella a todas partes donde fuera.
– No puedo decirte cuánto quiero ir contigo, Stavros -dijo sinceramente-, pero realmente no puedo.
Una rápida impaciencia cruzó el bien parecido rostro y él parpadeó, los oscuros ojos se volvieron un poco fríos.
– Los barcos comienzan a llevar a algunos de nuestros huéspedes de vuelta a la costa. Necesito hablar con algunos de ellos. Permanece aquí y espérame.
Elle asintió. ¿Qué mal había en ello? Después de esta noche, Sheena MacKenzie iba a desaparecer y Stavros nunca la vería otra vez.
