Quizá él ya sabía que ella se estaba despidiendo. No podía culparle por estar molesto. Había intentado permanecer dentro de los límites, sin darle esperanzas, sólo ganando lo suficiente su confianza como para entrar en sus círculos íntimos. Había asistido a sus obras de caridad y a sus fiestas, y nunca, ni una vez había oído el rumor de una actividad ilegal. Si él era el criminal que su jefe sospechaba, era asombrosamente experto en ocultarlo y ella ya no creía que fuera posible.

¿Así que por qué no podía enamorarse de él? ¿Qué es lo que la pasaba? Ciertamente el gusano-que-no-podía-ser-nombrado-jamás, no se merecía que ella insistiera en esa esperanza. ¿Era lo suficiente estúpida para hacer eso? ¿Esperaba que viniera tras ella? Eso nunca sucedería. Él no la deseaba. Él no deseaba su legado, ni su nombre, ni su casa… y ciertamente no deseaba las siete hijas que vendrían con ella.

No, había dejado de esperar que Jackson Deveau la amara o incluso que la deseara.

Ahora sólo tenía que dejar de doler.

Miró a Stavros mientras hablaba con sus huéspedes, sonriendo y aparentemente feliz. Como si presintiera que ella lo miraba, giró la cabeza y le envió una sonrisa tibia. Su corazón hizo un pequeño salto, no de la manera en que lo hacía cuando el gusano le sonreía, sino porque sabía que Stavros estaba medio enamorado de ella y era tan injusto. La sonrisa que le envió a Stavros era más triste de lo que comprendía.

¿Podría vivir así? ¿Esta vida glamorosa, intensa y rápida? Había nacido con un legado que pocos, si acaso alguien, alguna vez tendría o conocería. Como la séptima hija de una séptima hija, los dones psíquicos de Elle corrían profundamente en sus genes y serían dados a sus siete hijas. Y su séptima hija llevaría ese mismo legado agridulce. ¿Cumpliría Elle su destino? ¿O moriría el legado de magia de las Drake calladamente con ella?

Elle solía imaginar una vida de risa y felicidad con su alma gemela. Eso fue antes de que la hubiera encontrado. Él era un macho malhumorado, silencioso, egoísta y muy dominante. Sabía que él podría traerle la calma y la paz, o con una mirada ardiente, convertir sus venas en fuego líquido. Pero se negó a aceptar quién era ella, se negó a adorarla como era. Y si él no lo hacía, ella se temía que ningún otro hombre lo haría, ni podría hacerlo. No a la verdadera Elle Drake, por lo menos.



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