
Giró y se asomó sobre la barandilla, mirando los botes que entraban para llevar a los huéspedes de Stavros a la costa. La noche hacia mucho que había cedido al amanecer y estaba cansada, suprimiendo un bostezo intentó resolver que haría luego con su vida. Sea Haven, una pequeña aldea situada en la costa del norte de California, siempre había sido su hogar, un refugio. Su casa familiar estaba allí, una propiedad grande con vistas al océano turbulento.
El mar era tan diferente aquí, como un espejo, un hermoso cebo prometiendo una vida de lujo llena de sol, pero ella era suficientemente lista como para pensar que tal vida estaba hecha para ella. En el fondo, era una chica casera, una mujer nacida para ser esposa y madre. Adoraba la aventura y la variedad, pero al final, la necesidad de traspasar su legado Drake crecería tan fuerte que no sería capaz de ignorarlo. ¿Tenía el derecho de negar al mundo a alguien como su hermana Libby, quién podía curar con un toque de las manos? ¿O Joley, con su voz? ¿Kate, cuyos libros daban tanto consuelo y escape a las personas? Cada una de sus hermanas tenía dones increíbles pasados de generación en generación. Si no cumplía su destino la línea terminaría con ella.
El movimiento atrapó su mirada y se movió para ver al capitán acercarse a Stavros y cuchichear algo en su oreja. Era experta en leer labios, pero no podía ver la boca claramente. Stavros frunció el entrecejo y sacudió la cabeza, mirado su reloj y luego a Elle. Ella mantuvo la cara tranquila y giró la mirada de vuelta al mar. El guardaespaldas de Stavros, Sid, dijo algo también. Estaba frente a ella y captó sus palabras claramente.
