– Tengo permiso de mi directora -dije riendo, e hice un gesto de absolución.

– Oh, es sólo un chiste: en realidad te envidio.

– ¿Envidiarme, por qué?

– No sé; das la impresión de ser tan libre: dejar tu país, tu otra vida, todo atrás; y dos semanas después así te encuentro: contento, bronceado, jugando al tenis.

– Deberías probarlo: sólo hace falta pedir una beca.

Movió la cabeza, con alguna tristeza.

– Lo intenté, ya lo intenté, pero parece que para mí es tarde. Por supuesto, ellos nunca lo van a reconocer, pero prefieren dárselas a chicas más jóvenes. Estoy por cumplir veintinueve años -me dijo, como si esa edad fuera una lápida definitiva y agregó con un tono súbitamente amargo-. A veces daría todo por escapar de aquí.

Yo miré en la distancia el verde del muérdago en las casas, las agujas de las cúpulas medievales, las muescas rectangulares de las torres almenadas.

– ¿Escapar de Oxford? A mí me costaría imaginar un lugar más hermoso.

Una antigua impotencia pareció nublarle por un instante los ojos.

– Quizá… sí, si no tuvieras que encargarte todo el tiempo de una inválida y hacer todos los días algo que ya desde hace mucho no significa nada.

– ¿No te gusta tocar el violoncelo?

Esto me parecía sorprendente, e interesante. La miré, como si por un instante pudiera quebrar la superficie inmóvil de sus ojos y acceder a una segunda capa.

– Lo odio -me dijo, y sus pupilas se oscurecieron-; cada vez lo odio más y cada vez me cuesta más disimularlo. A veces me da miedo que se note cuando tocamos, que el director o alguno de mis compañeros se dé cuenta de cómo detesto cada nota que toco. Pero terminamos cada concierto y la gente aplaude y nadie parece advertirlo. ¿No es gracioso?

– Yo diría que estás a salvo. No creo que haya una vibración especial del odio. En ese sentido la música es tan abstracta como la matemática: no puede distinguir categorías morales. En tanto sigas la partitura no me imagino una forma de detectarlo.



10 из 157