
Podría ser más inteligente dejar que todo se calmara por sí solo. Brooke sabía donde encontrarlo, pero no lo había hecho en casi nueve años; en todo ese tiempo ni se había molestado en llamarlo para preguntar por su hija.
Bueno, ése era el trato al que él había accedido.
Hasta el momento en que se había dado cuenta de que ella dijo en serio lo de que iba a dar en adopción a la niña, Fitz nunca había pensado mucho en lo que eso significaba. Nunca se había tenido por un hombre que quisiera tener hijos, pero entonces esa criatura que habían creado se le hizo tan real, tan preciosa, que lo había inundado el ansia por protegerla. Y, cuando por fin la tuvo en sus brazos, horas después de nacer, supo que no podría soportar separarse de ella.
Le habría prometido a Brooke cualquier cosa en ese momento y nunca había dudado de que se había quedado con la mejor parte del trato. La había soportado durante el embarazo, la había cuidado, en la seguridad de que, una vez que tuviera a su hija en brazos, la amaría. Luego, después de que Lucy naciera, cuando Brooke le dijo tan tranquilamente que la iba a dar en adopción, fue cuando llegaron a ese acuerdo.
Y así estaban… Ahora allí estaba él, delante de una casa que, hasta ese momento, no había sido más que una dirección en el documento que le daba la custodia de Lucy, aunque bien podía estar haciendo una tontería.
Ésa era la casa de la familia de Brooke y, seguramente, ella no había vivido allí desde sus días en la universidad, pero era la única dirección que tenía.
Vio entonces que el cartero se acercaba a la casa con unas cartas y un paquete en la mano, algo que había que firmar.
¿Quién abriría la puerta? ¿La madre? ¿El padre?
– Brooke…
Ese nombre se le escapó sin querer. Era lo último que se habría imaginado. Pero allí estaba ella, había abierto la puerta y estaba hablando con el cartero, dedicándole una de sus famosas sonrisas. Antes de saber lo que estaba haciendo, salió del coche y se dirigió a la casa.
