
– Oh, a Brooke le pasa lo mismo -la interrumpió Bron-. Grita cuando ve una. Los insectos le dan pesadillas.
– ¿De verdad?
Bron se sintió inmediatamente culpable por reírse de esa manera de la pobre mujer, que no tenía manera de saber cómo era Brooke en realidad.
– Entonces todavía hay esperanzas para los demás -añadió la mujer-. ¿Quieres que me quede y te ayude a limpiar, querida?
Mientras hablaba, la mujer miró con ansiedad la fina porcelana y vasos de cristal que había repartidos por todo el salón.
Bron sonrió. Su incapacidad para limpiar una taza sin que se rompiera era legendaria.
– La señora Marsh se ha ofrecido amablemente a limpiar esto por mí.
Pero mientras hablaba, la señora en cuestión se apresuraba a llenar una bandeja con semejante velocidad y habilidad que Bron se quedó admirada.
– ¿Pero me llamarás si puedo hacer algo?
Bron sonrió.
– Me gustaría que alguien me ayudara con las cosas de mi madre la semana que viene. Estoy segura de que sabrás qué hacer. Eso sería una buena ayuda.
– Por supuesto, sólo llámame. ¿Qué vas a hacer ahora? Supongo que vender la casa. Sé que tu madre nunca habría querido marcharse, pero tú estarías mucho más cómoda en un piso pequeño y bonito.
Un piso pequeño y bonito sin sitio para un gato, y sin jardín. Odiaría un sitio así. -No lo sé. Tengo que hablar con Brooke cuando vuelva a casa.
– Bueno, no hay prisa. Date unas vacaciones antes de decidir nada, has pasado por malos tiempos en estas últimas semanas.
Semanas. Meses. Años…
Una hora más tarde, Bron estaba por fin sola en casa. Se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. Su madre había muerto y sólo quedaban ellas dos, ella y Brooke.
Y, en lo más profundo de su corazón sabía que no se alegraba de que Brooke se hubiera apresurado a volver. Su aparición habría transformado la casa en un circo para los medios de información. Se habría limitado a decir que su madre había dejado de sufrir. Eran tan parecidas en lo externo como diferentes en el interior.
