Se apartó de la puerta sintiéndose agotada. Vacía. Tal vez todos tuvieran razón y debiera irse unos días para decidir qué iba a hacer con el resto de su vida.

¿El resto de su vida? Aquello era un chiste. Tenía veintisiete años y nunca había tenido una vida. Tal vez no sintiera tanto esa falta si no tuviera la de su hermana para comparar.

No debería haber sido así. Ella y Brooke eran diferentes en carácter, en todo menos en la apariencia y en el cerebro. Estaba a punto de ir a la universidad con su hermana, cuando a su madre le diagnosticaron la enfermedad que luego la mató.

Así que ella no fue a la universidad. ¿Qué más podía haber hecho? Nadie más podía cuidar a su madre, una de ellas se tenía que quedar en casa y, ya que Brooke había empezado ya sus cursos, se había quedado ella, en el supuesto de que, cuando se graduara, volvería y sería el turno de Bron de ir a la universidad.

Pero cuando eso sucedió, le ofrecieron a Brooke la clase de trabajo que sólo aparecía una vez en la vida.

– ¿Ves, Bron? -le dijo entonces sonriendo-. No puedo dejar escapar esto. Y tú eres tan buena con mamá… Yo no podría hacer lo que tú haces por ella. Está cómoda contigo.

Pero su madre quería más a Brooke. Era mucho más fácil querer a alguien hermoso y con éxito. Querer a la hija a la que se veía día a día, luchando contra el dolor, no era tan sencillo.

Así que ella nunca había tenido una vida o, por lo menos, no lo que su hermana llamaría una vida. Nada de estudios, trabajo, vacaciones, relaciones de adulta con un hombre. Y, si no hubiera sido por ese brindis con champán el día en que cumplió los dieciocho, unida a su decisión de no ser la única chica de su edad que no disfrutara de los placeres prohibidos de la carne, probablemente sería lo más triste, una virgen de veintisiete años.



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