
– Si no recuerdo mal, Grafton sufrió una apoplejía la noche de bodas.
– Y Lady Grafton todavía es virgen. O al menos eso es lo que se rumorea. Tal vez ésa sea la razón por la cual el viejo no le quita los ojos de encima. No le permite salir de casa si no es acompañada de una preceptora.
– Grafton está demasiado viejo para una dulce y pequeña arpía como ésta -murmuró el marqués, siguiendo a Elspeth con la mirada-. Aunque, por lo visto, todavía le gusta alardear ante todos del generoso escote de su esposa. ¿Dónde la encontró?
– Es hija de un vicario. No es tu tipo, Julius. Una familia excelente, pero sin recursos. Le arrebataron una pequeña herencia que tenía que haber recibido, pero, en su lugar, fue a recaer a manos de un tío, un hermano más joven que necesitaba un impulso económico. Grafton le echó el ojo durante una cacería que tuvo lugar cerca de su finca, y el resto ya lo sabes. Al parecer, es una amazona de primera. Su padre era una fusta inflexible.
– ¿Era?
– Falleció, al igual que su madre. Sólo le queda un hermano y éste partió a la India con el 73.° regimiento.
El marqués esbozó una sonrisa:
– Entonces, debe de necesitar algo de compañía.
– Si al menos éste fuera un comentario original -apuntó Charles Lambton, lacónico-. Lo mismo que usted han pensado todos los hombres que se han fijado antes en ella. Pero… considérelo por un momento. Aun siendo posible, que no lo es, ¿se acostaría con la hija de un vicario?
– Me daría igual que su padre fuese herrero.
Consciente de la visión democrática y libre de ataduras morales de su amigo a propósito de las compañeras de cama, el vizconde precisó:
– Quiero decir que lo más seguro es que sea una remilgada.
– Con un cuerpo tan exuberante, sospecho que la dama debe de tener, hasta cierto punto, sus propias diversiones carnales.
Charles se encogió de hombros.
– Se dice que ha rechazado todas las proposiciones con una frialdad recalcitrante.
