
El marqués desvió la mirada de la dama y se volvió hacia su amigo.
– ¿Es que ya le han hecho proposiciones?
– Por supuesto. Si usted no evitara con tanta insistencia los actos sociales, estaría al corriente de la entrada triunfal que hizo ante la cohorte de Lady Chenwith, y no digamos de su aparición como Ingenia en el baile de disfraces de Lady Portland. Llevaba un vestido muy insinuante. Grafton se pegó a ella, no se le separó ni un momento a pesar de la silla de ruedas, y ella declinó todas las invitaciones de baile. Invitaciones que no sólo eran para bailar, estoy seguro de que me entiende.
– Mmm.
– No pierda el tiempo. Es inaccesible. A menos que quiera pagarle a Grafton para que mire -bromeó Charles.
El marqués sonrió.
– Es una posibilidad que se ha de considerar, teniendo en cuenta lo tacaño que es el viejo Grafton. Por otra parte, la buena educación y el tacto son las mejores armas para conquistar a las doncellas rectas. Creo que tendré que aceptar alguna invitación o cualquier excusa para ir a Newmarket esta semana.
– No me diga que va a hacer el papel de caballero. Pensaba que sólo le interesaban los caballos y la vida disoluta. Por cierto, la reputación de Lady Grafton es intachable. No es una de sus presas habituales.
– Me ha despertado la curiosidad.
– ¿No se la despiertan todas? -una réplica contundente, pero los dos hombres eran amigos desde la infancia.
– No todos podemos enamorarnos de nuestras hermanastras -murmuró el marqués-. Y no me negará que resulta imposible ignorar los encantos de Lady Grafton. Nunca había visto un busto tan ostentoso, impresionante… probablemente no desde la época en que yo tenía nodriza. ¿No estará embarazada de algún mozo de las caballerizas? -preguntó alargando las palabras.
– No, a menos que el mozo de cuadra sea un amigo del alma de Grafton. Está bien atada.
