
Julius se inclinó con gentileza cuando llegó justo hasta el lugar donde ella aguardaba. Su sonrisa era uno de sus mayores atractivos.
– Darley, a su servicio, señora. Según tengo entendido, es usted una amazona de primera categoría. Consideraría un honor incomparable poder prestarle cualquiera de mis caballos durante su estancia en Newmarket.
– Muy amable por su parte -murmuró ella, sin devolverle la sonrisa-. Pero mi marido trajo los caballos del sur. Si me disculpan, caballeros.
Tomó el vaso que le ofreció el lacayo y dio un paso hacia delante.
Cualquier otro hombre se hubiera apartado a un lado, cualquiera menos Darley.
De hecho, eso es lo que hicieron todos… aunque no sirvió de mucho, puesto que el marqués le cerró el paso.
– Si se me permite acompañarla -se ofreció amablemente, alargándole el brazo.
Ella lo miró a los ojos, con una mirada que destilaba una franqueza distante.
– Preferiría que no lo hiciera.
Se oyó una débil aspiración entre la aglomeración de galanes que les rodeaba como reacción ante el asombroso rechazo de la mujer.
– Soy inofensivo -susurró Julius, con un amago de sonrisa, y dejó caer su brazo a un lado.
– Le ruego que me permita discrepar al respecto, señor. Su reputación le precede.
– ¿Acaso tiene miedo? -su voz se tornó repentinamente más grave, para que sólo ella escuchara sus palabras.
– Ni hablar -le dijo también en voz baja para no atraer la atención, en especial estando en compañía de un hombre como Darley, cuyo nombre era sinónimo de libertinaje.
– Se trata sólo de un breve paseo a través de la multitud. ¿Qué puede importarle?
Su voz era suave, su mirada extrañamente afable, su belleza, a corta distancia, excedía con creces todos los comentarios que ella había escuchado en la lejanía, desde su parroquia rural. Rumores que había escuchado, como cualquier otra joven que estuviera al corriente de los chismes de sociedad. Las escandalosas proezas de Lord Darley habían inflamado las páginas de The Tatler
