
– Es cierto, qué importancia tiene -aceptó ella con cierta brusquedad e inclinó la cabeza en señal de aprobación.
Desde el primer momento Lord Darley había intuido que ella aceptaría el reto. Algo en el porte de su barbilla le dio motivos para sospechar que era una mujer dotada de valor. Casarse con Grafton, no cabía duda, requería un coraje a prueba de bombas. Él le quitó el vaso de brandy de la mano, le hizo una reverencia grácil y le ofreció su brazo.
En cuanto Elspeth descansó la palma de la mano sobre la manga del chaqué de lana marrón del club de jockey de Lord Darley, ésta sintió un vuelco repentino en el corazón. «Imposible», pensó ella, que distaba mucho de ser una mujer de emociones frívolas. Pero luego… volvió a tener la misma sensación cuando él la obsequió con una nueva sonrisa. Esta vez la sacudida trémula de sensaciones nada tuvo que ver con el corazón.
– Si de verdad le gusta montar, debería considerar la posibilidad de sacar a pasear mi caballo de carreras, Skylark. Es increíble -añadió Julius. «Como tú», pensó en su fuero interno, tratando de ignorar la violenta reacción que había experimentado su cuerpo ante la suave impronta de la mano de ella.
– Mi marido no me lo permitiría.
– Yo podría hablar con él. No creo que desapruebe que usted monte durante su estancia en Newmarket.
– En todo caso, montaría mi propia cabalgadura. Pero gracias por su ofrecimiento -le dijo al tiempo que se detenía en el pasaje abovedado del salón de baile-. Ahora, si es tan amable, desearía continuar sola.
– De hecho, no vive en una cárcel, ¿verdad? -Quería hablar con suavidad, pero su tono sonó más severo de lo que hubiese querido.
– En realidad, sí -contestó, lacónica-. ¿El vaso, por favor?
