
– ¿Está bien?
Una preocupación sincera subyacía en su pregunta.
– Perfectamente. Pero incluso si no fuera así, no es de su incumbencia. ¿Queda claro?
– Sí, por supuesto. ¿Puedo pasar a verla?… y a su marido, por supuesto -añadió más tarde.
– No. Adiós, señor -Y, tras recuperar el vaso de su mano, dio media vuelta y se alejó.
– He oído que no ha salido muy airoso de su cacería -comentó Charles cuando Julius se reunió con él.
El marqués frunció el ceño.
– Por lo visto la señora es una auténtica prisionera.
– ¿Qué le dije? Encuentre a otra presa. O simplemente permanezca inmóvil, atento a la legión de mujeres que van en busca de algo -le propuso Charles, arqueando las cejas-. Como la bandada de mujeres que se acerca.
Julius prestó atención al ramillete de elegantes damas que se desplegaba, meneando los rizos, con las mejillas sonrosadas y un propósito bien definido en sus pasos.
– Me voy -murmuró él-. Presente mis excusas. Encuentro a Caro Napier especialmente aburrida, por no hablar de Georgiana Hothfield y maldita sea… Amanda… -sin volver la vista atrás, el marqués se escapó de la última persona que deseaba ver, avanzando a grandes zancadas entre la multitud.
Sólo porque Amanda y él hubieran compartido alguna noche esporádica no significaba que ardiera en deseos de hablar con ella. «Dejemos que sea otro petimetre el que la entretenga esta noche», pensó Julius. Tenía otras cosas en la cabeza… como, por ejemplo, aquellos rizos dorados, aquellos espléndidos pechos sonrosados, aquellos ojos de un frío azul que él había intentado derretir.
Tras escabullirse por las puertas de la terraza, dando enormes pasos, llegó a su mansión, situada a las afueras de la ciudad.
En cuanto entró en casa, mandó a los lacayos que se retiraran, luego se dirigió con aire resuelto hacia su estudio, allí se sirvió un coñac y se lo bebió de un trago. Volvió a llenarse el vaso, se sentó junto al fuego y se relajó por primera vez desde que había llegado al Race Ball.
