¿Por qué todas las personas que participaban activamente en la vida social le parecían estar tan lejos de él? Las mismas personas, tediosas y predecibles, se reunían noche tras noche, semana tras semana, en todos los actos. Uno se encontraba con las mismas mujeres en todos los eventos y allí, en Newmarket, donde las formas eran un poco más relajadas y la concurrencia más reducida, resultaba dificilísimo evitar ser acosado por una ex amante.

Por otra parte, determinó él, existían mujeres como la deliciosa Lady Grafton, cuyo acoso sería recibido como una bendición.

Al recordar aquella exuberante belleza se le dibujó en los labios una sonrisa fugaz que, rápidamente, fue sustituida por una mueca de disgusto, apenas perceptible. Aquel no era el curso habitual de los acontecimientos… podía tener mujeres a mansalva, mujeres que no deseaba… (sus anteriores deseos apremiantes quedaban olvidados). Por el contrario, aquella mujer que le había parecido tan tentadora no estaba disponible.

O eso parecía, se dijo con evasivas, poco habituado a vérselas con la frustración.

Nacido en el seno de una importante familia, con una infancia repleta de privilegios de toda clase, premiado por la naturaleza con un atractivo físico y un talento superior a la media, él, Julius d'Abernon, marqués de Darley, heredero del duque de Westerlands, contemplaba su lugar en el mundo con una falta de humildad tal vez excusable.

Cuando iba ya por el tercer coñac, descartó cualquiera de los obstáculos que pudiera haber en su camino hacia Lady Grafton y, en su lugar, le daba vueltas a cómo podía tentarla para que dejara a un lado sus obligaciones conyugales. Si Grafton había quedado incapacitado, aquella dama estaría agradecida de tener una oportunidad discreta para dar rienda suelta a sus pasiones. Ella, joven y guapa, rebosante de vida, tenía vedados los placeres de la carne. Introducirla en las cuestiones amorosas sería de lo más gratificante.



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