
Liam miró hacia las sombras, entre telarañas. Sabía que, en algún rincón oscuro, había murciélagos preparados para atacarlo. ¡Odiaba los murciélagos!
– ¿No podía hacer un poco menos de frío?
– La suite presidencial del hotel Four Seasons no estaba libre -contestó Sean con ironía.
– Resulta que esta noche tenía una cita. Se suponía que había quedado en el pub con Cindy Wacheski a las diez.
– Se te van a acabar las mujeres de Boston – murmuró Sean.
– Por suerte, no hay día que no lleguen nuevas -dijo Liam-. Podría presentarte alguna. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última? Pareces necesitado de sexo -añadió tras levantar la cámara que le colgaba del cuello, mirar a su hermano por el objetivo y disparar.
El flash iluminó el desván y Sean maldijo al tiempo que se cubría los ojos con una mano.
– ¿Qué haces? ¡Cualquiera puede ver el flash desde la calle!
– Seguro que hay decenas de turistas contemplando este edificio. No me extrañaría que formase parte de las visitas guiadas de Boston – se burló Liam-. ¿No podías haber encontrado un sitio con calefacción?, ¿qué puede haber aquí que merezca la pena fotografiar?
– No es aquí. Es en la calle de enfrente. Mira. Liam sacó el teleobjetivo de la funda y lo puso en lugar del que había en la cámara. Se acercó a la mugrienta ventana del desván y echó un vistazo a la calle. No advirtió nada especial. La acera de abajo estaba vacía y la calle, flanqueada de coches aparcados.
– Es un caso importante -dijo Sean-. Si te metes, te metes hasta el final. Nada de rajarse luego.
– Al menos podías fingir que me aprecias más -murmuró Liam-. Soy tu hermano y tu compañero de habitación. Pago la mitad del alquiler, limpio lo que ensucias y tomo nota de tus mensajes cuando estás fuera de la ciudad. No tengo por qué ayudarte en este caso. Ya tengo mi propio trabajo. ¿Y si el Globe me hace un encargo? Necesito estar disponible. ¿Viste la foto que me publicaron la semana pasada en la página tres de la sección de deportes?
