– Te pagan dos duros. Y hace tres meses que no pagas el alquiler.

– Bueno, sí, estoy pasando una mala racha.

– Si me ayudas en este trabajo, dividiré mis honorarios a medias contigo.

Sean llevaba cuatro años trabajando intermitentemente como detective privado, desde que había dejado la academia de policía o, para ser exactos, desde que lo habían expulsado por insubordinación crónica. De los seis hermanos, Sean era el raro: tranquilo, reservado, muy celoso de su intimidad. Solo se sentía realmente a gusto con sus hermanos y la mitad de las veces estos no conseguían imaginar qué tendría en la cabeza; sobre todo, en el último año más o menos.

La mayoría de los casos consistía en seguir la pista a cónyuges adúlteros. Completaba sus ingresos sirviendo en el pub de su padre y, cuando necesitaba ayuda, acudía a su hermano pequeño, A Liam siempre le venía bien ganarse unos dólares extra.

Sean era un detective fantástico. Siempre le había gustado observar en silencio a quienes lo rodeaban. Su hermano mayor, Conor, era el estable, y Dylan, el fuerte. Brendan siempre había sido un soñador, un aventurero. Y al gemelo de Sean, Brian, le gustaba ser protagonista, era sociable y muy seguro de sí mismo.

Y luego estaba él. Le habían puesto su etiqueta en los últimos tiempos: Liam era el seductor, el chico guapo que iba por la vida con más amigos y admiradoras de los que podía contar. Aunque siempre había creído que sus habilidades sociales eran corrientes, la gente se sentía atraída hacia él. Desde pequeño, había aprendido a engatusar a los demás. Les leía el pensamiento y comprendía exactamente lo que querían de él. Y si tenía que darles algo a cambio, les daba lo que querían. A veces no era más que una sonrisa, un halago o unas simples palabras de ánimo.



14 из 141