
El invierno era la peor época para los ataques de los dragones. En invierno no podían escudarse en ningún padre presuntamente responsable. A finales de octubre, Seamus Quinn zarpaba en el Increíble Quinn hacía el Caribe, en busca de aguas cálidas donde pescar peces espada. Dado que no regresaría hasta principios de abril, todavía les faltaban unas cuantas semanas por su cuenta.
Liam no tenía una familia perfecta, pero no le quedaba más remedio que conformarse. Aunque sus hermanos mayores recordaban un tiempo en que todo iba mejor, Liam no había conocido otra cosa. Conor, Dylan, Brendan y los gemelos. Sean y Brian, habían nacido los cinco en Irlanda, país que para Liam no era más que una isla en un mapa. Pero, según decían, Irlanda había sido un país lleno de magia, misterio y días felices.
Liam había intentado imaginar cómo sería tener una familia normal, un padre que volviera a casa cada noche y una madre que les hiciera la comida y les contara cuentos. Pero todo eso había terminado para cuando Liam llegó al mundo. Su padre, Seamus, había llevado a su esposa y sus cinco hijos a Estados Unidos antes de que él naciese. Había comprado el barco pesquero del tío Padriac y se dedicaba a faenar lejos de Boston durante semanas, meses seguidos en ocasiones.
Liam había sido el primer miembro de la familia Quinn que había nacido en Estados Unidos. Siempre se había sentido culpable de haber podido ser la causa de los problemas de su familia. Había reconstruido información suficiente de las conversaciones susurradas entre sus hermanos para saber que todo se había estropeado al nacer él. Su padre había empezado a beber y a apostar, su madre se encerraba a menudo a llorar y, cuando estaban juntos, no hacían otra cosa que discutir.
Y luego se había muerto. Conor tenía entonces ocho años, suficiente para recordarla. Dylan, con seis años, apenas se acordaba de ella y Brendan, con cinco, no conservaba más que alguna imagen muy vaga. En cuanto a los gemelos, de tres años en aquel entonces, no podían sino imaginarse a la bella mujer morena que les había cantado nanas y los arropaba en la cama.
