– Fiona -murmuró Liam, pronunciando el nombre como un conjuro contra el diablo. Si estuviese allí, no estaría asustado. Ella también era una Quinn y sería suficientemente fuerte para vencer al dragón que esperaba en el porche-. Parece que se marcha.

La trabajadora social se giró, empezó a bajar los escalones, pero de pronto volvió a la puerta y esa vez la golpeó con el puño.

– Sé que está ahí -gritó-. Señor Quinn, si no me deja pasar, tendré que dar parte a la policía. Sus tres hijos pequeños no han ido al colegio hoy. Han vuelto a hacer novillos.

Liam no entendía por qué tenían que entrometerse. Sus hermanos y él se las arreglaban bien. Conor ya tenía diecisiete años y un trabajo a media jornada que ayudaba a pagar las facturas. Y Dylan y Brendan se ocupaban de las cosas de casa mientras su padre estaba fuera, y aceptaban algún que otro trabajillo cuando podían para contribuir al erario familiar. Y los gemelos, Sean y Brian, también hacían tareas del hogar.

Se las arreglaban bastante bien mientras no se metían en líos. Maldijo para sus adentros. Podía ser que saltarse las clases no hubiese sido la decisión más inteligente, pero los gemelos podían resultar muy persuasivos en ocasiones. Además, casi nunca lo invitaban a que compartiera sus aventuras, de modo que se había sentido halagado por la invitación.

Liam devolvió la atención al porche. Sabía el verdadero motivo por el que lo habían incluido en sus planos ese día. Les servía de excusa. Si Conor los pillaba, Sean y Brian lo convencerían para que mintiese a Conor, inventándose que le dolía el estómago o la cabeza y que los gemelos se habían ofrecido a hacerle compañía en casa.

– Llamará a la policía -murmuró Sean-. Derribarán la puerta y nos llevarán a rastras.



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