– Está bien, abriré -accedió Liam-. Pero me debéis una.

– Lo que tú digas -dijo Sean.

– Diez cromos de la colección de béisbol cada uno. Los que yo elija. Nada de repetidos.

– ¡Ni hablar! -protestó Brian.

– Dale lo que quiera -insistió Sean-. Se librará de ella. Seguro que le creerá. La gente siempre cree a Liam.

Aunque indirecto, agradeció el halago. Era verdad que la gente parecía confiar en él y que sabía cómo engatusar a la mayoría de los adultos. ¿No era esa la razón por la que los gemelos se lo llevaban siempre con ellos cuando iban a la tienda de la esquina a robar caramelos? Si los atrapaban, Liam siempre suavizaba al dueño de la tienda para que los soltara.

– Seis cada uno -dijo Brian.

– Diez -insistió Liam-. Y tenéis que ayudarme con los ejercicios de Matemáticas y Lengua durante un mes. Y tenéis que hacer todo lo que quiera durante el resto del día -añadió. Sabía que estaba forzando la situación, pero eran tan pocas las veces que tenía algún tipo de poder en aquella familia…

– Ni hablar -se negó Brian.

– Trato hecho -afirmó Sean.

– ¿Desde cuándo eres el jefe? -Brian le dio un empujón a Sean y, un segundo más tarde, este había tirado al suelo al primero y lo tenía inmovilizado, con una rodilla sobre su espalda-. Está bien, trato hecho.

– Vosotros meteos en el cuarto -dijo Liam entonces-. Cerrad las cortinas, meteos dentro de la cama y fingid que sois él. Puede que tenga que demostrar que está en casa. Y no ronquéis. Hacedlo en serio.

– Tú quítatela de encima y que se largue antes de que vuelvan a casa Conor, Dylan y Brendan. Como se enteren de que la hemos dejado entrar, nos matarán.

– Vosotros haced vuestra parte -insistió Liam, camino de la puerta-. Y yo haré la mía.

Cuando los gemelos se hubieron escondido, Liam espero unos segundos antes de abrir la puerta una rendija. Intentó parecer asustado.



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