– ¿Qué quiere? Llamaré a la policía si no se marcha.

La mujer lo miró con expresión severa.

– Soy la señora Witchell, de los servicios sociales del condado. Me gustaría ver a tu padre, el señor Seamus Quinn.

– Está durmiendo -dijo Liam-. Y me ha dicho que no deje entrar a desconocidos.

– ¿Qué haces en casa, que no estás en el colegio?

– Estoy malo. Tengo fiebre.

– Puedes dejarme pasar -la señora Witchell le enseñó el carné de trabajadora social-. No voy a hacerte daño. Solo quiero ayudar.

Liam cerró la puerta, luego agarró el abrigo de un montón de ropa que había frente al radiador. Salió de casa y cerró.

– No puedo dejar entrar a desconocidos, pero supongo que no pasa nada por hablar contigo afuera -dijo mientras se sentaba el escalón de arriba. Dio una palmadita a su lado instándola a que se sentara allí y la señora Witchell esbozó una sonrisa antes de hacerlo-. ¿Por qué quiere hablar con mi padre?

– Algunos de los vecinos están preocupados. Dicen que estáis solos. Que no han visto a tu padre desde el día de Acción de Gracias.

– Está aquí -contestó Liam-. Tiene un trabajo por la noche, así que de día está durmiendo.

– Eso no es lo que me cuentan -repuso ella-. Dicen que está fuera pescando.

– Pues se equivocan -Liam se encogió de hombros.

– Necesito hablar con tu padre, de verdad – insistió la mujer y Liam trató de que se le saltaran las lágrimas.

– Se enfadará conmigo si la dejo entrar – contestó cuando logro que le resbalara una por la mejilla-. Y si lo despiertas, se enfadará más todavía. ¿No puede llamarla él por teléfono? Le diré que la llame en cuanto se despierte.

– Me temo que no es suficiente.

Liam se paró a pensar el siguiente movimiento. Tenía la sensación de que no era fácil engatusar a la señora Witchell, pero también de que empezaba a ablandarse.

– ¿Quiere una taza de café? Supongo que no pasará nada si espera dentro hasta que se despierte. Y así no se enfadará conmigo.



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