
– Una idea estupenda.
Liam se puso de pie. Dejarla entrar era un riesgo, pero tenía que hacerla creer que no ocultaba nada. Le abrió la puerta, le cedió el paso y la mujer asintió con la cabeza, patentemente impresionada por sus buenos modales. Una vez dentro, Liam la ayudó a quitarse el abrigo y la condujo al salón. Por suerte, Conor y Dylan habían limpiado la casa la noche anterior. Aunque el mobiliario era viejo, la pieza parecía ordenada.
– Voy a prepararle el café -dijo antes de desaparecer camino de la cocina y poner la tetera al mego. Luego fue de puntillas a la habitación de su padre. Notó, en la oscuridad, un bulto grande bajo las sábanas-. Seguid en la cama. Está dentro de casa -susurró.
– ¿La has dejado pasar? -protestó Brian-. Sabía que no podíamos confiar en ti para esto. ¿Qué está haciendo?
– Le estoy preparando un café.
– Genial.
– Vosotros fingid que sois papá. La sacaré de casa lo antes que pueda -Liam cerró la puerta con sigilo. Al girarse, vio que la señora Witchell lo estaba mirando desde el final del pasillo-. Sigue dormido. Voy por su café.
La mujer lo siguió a la cocina y la examinó con atención. Al igual que el salón, era un poco antigua, pero estaba limpia.
– ¿Quién cocina?
– Mi padre -dijo Liam mientras ponía una buena cucharada de café instantáneo en una taza-. Le encanta cocinar. Y es muy bueno.
– ¿Y cuando está fuera pescando?
– Entonces nos cuida la señora Smalley. También cocina bien -contestó él, rezando por que la trabajadora social no insistiera en hablar con la señora Smalley, Aunque Seamus le pagaba un salario pequeño por hacer de canguro, no solía presentarse, Y cuando lo hacía, siempre estaba borradla. Conor le había dicho hacía mucho que no necesitaban su ayuda, aunque Seamus siguiera pagándole.
Cuando la tetera pitó, la quitó del fogón. Había visto a Conor preparar café cientos de veces, pues era lo que más bebían sus hermanos cuando tenían que quedarse estudiando hasta tarde. Agarró el bote del azúcar, echó otra cucharada en la taza y la llenó con agua caliente.
