– ¿Leche? -le preguntó Liam.

– No, así está bien -la señora Witchell sonrió cuando el chico le entregó la taza. Dio un sorbo y puso una mueca-. Está muy bueno… En fin, tengo que ir yéndome. Tengo otra cita en media hora. No me queda más remedio que hablar con tu padre -añadió tras dejar la taza de café.

– Pero no está despierto -contestó él en tono implorante.

La mujer lo miró un buen rato. Luego suspiró.

– Está bien. ¿Por qué no me dejas que entre un momento en su cuarto, solo para asegurarme de que está en casa? Luego te dejo mi tarjeta y le dices que me llame cuando se despierte.

Liam esbozó una sonrisa radiante. La clase de sonrisa que parecía gustar a todas las chicas del colegio.

– De acuerdo -aceptó encantado-. Pero tiene que prometerme que no hará ruido.

Luego le agarró una mano y la guió hasta la habitación. Abrió la puerta, la dejó entrar. El bulto de la cama respiraba con ligeros ronquidos, imitación perfecta de los gemelos. Liam sacó a la trabajadora social de la habitación al segundo y volvió a cerrar la puerta.

– Está bien -murmuró ella.

Cuando se despidió de la señora Witchell, apenas podía contener su alivio. Liam la miró bajar los escalones frontales y bajar por la acera hasta su coche. Solo entonces soltó un grito de victoria y, segundos después, Sean y Brian salieron de la habitación.

– ¡Se ha ido!

– ¡Sabía que podías hacerlo! -Sean agarró a Liam por la cintura y le dio un abrazo fuerte-. ¿Qué ha dicho?

– Que papá la tiene que llamar. Hoy -Liam le entregó la tarjeta. Luego se dirigió a Brian-. Ve por los cromos.

Los gemelos intercambiaron una mirada. Brian frunció el ceño.

– Hicimos un trato -reconoció Sean. Liam se acomodó en el sofá y los gemelos regresaron con sus respectivos tacos. Fue pasándolos en silencio, considerando el valor de los que quería escoger.



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