
– Hazme un chocolate -le pidió a Sean-. Y tú cuéntame una historia -le dijo a Brian.
– Paso -se negó Brian.
– Me lo has prometido. Si no cuentas una historia sobre los Increíbles Quinn, os quito el doble de cromos.
– Cuéntale una historia -le ordenó Sean.
– Cuéntasela tú -replicó Brian.
– Yo le voy a preparar el chocolate. Y a ti se te da mejor contar historias.
– Quiero la del chico de las piedras rosas.
– Érase una vez un niño que se llamaba Riagan Quinn -empezó Brian-. Era huérfano…
– Su padre había muerto en una batalla -interrumpió Liam.
– Y su madre se estaba muriendo y lo abandonó en el bosque -continuó Brian, molesto por la interrupción-. Nadie sabía su nombre, ni de dónde venía. Las hadas lo llamaron Riagan porque significaba pequeño rey. Aunque el bosque estaba lleno de lobos, las hadas cuidaban de él y lo alimentaban con gotas de rocío de sus varitas.
– Gotas de rocío mágicas -añadió Liam.
– Sí, pero eso viene después. Esa parte no la tengo que contar todavía.
Liam se acurrucó en el sofá, mirando los cromos mientras oía la historia. Le encantaban las historias de los Increíbles Quinn. Sobre todo esa. Cuando su padre o alguno de los hermanos mayores decidía contar una historia, casi podía ver el paisaje de Irlanda. Brendan era el que mejor las contaba, seguido por su padre. Pero en las historias de su padre, las mujeres siempre eran el enemigo y Liam no estaba seguro de que eso le gustara.
– Un día, una pobre vagabunda iba por el bosque en busca de comida para su familia y se encontró con el niñito. Pero, ¿dónde estaban los padres del bebé?, se preguntó. Probablemente estarían haciendo lo mismo que ella, recogiendo comida en el bosque. Así que se sentó a esperarlos.
– Pero nunca volvieron porque Riagan no tenía padres.
