En la época de su padre, Oíd Hunter, también policía, éste al menos había disfrutado de la dignidad que proporcionaba formar parte de la «dictadura del proletariado» y había experimentado qué significaba ser económicamente igual que los demás en una sociedad igualitaria. Ahora, en los noventa, el mundo había cambiado: las personas se medían según su dinero. El camarada Deng Xiaoping dijo: «A algunos se les debería permitir hacerse ricos antes que a otros». Y así fue, sin duda. Y en este país socialista, convertirse en rico significó convertirse en glorioso. Para quienes no se hicieron ricos no importó lo mucho que trabajaron: el People's Daily no les dedicó una sola línea.

El detective Yu, un buen agente de policía, nunca había tenido una habitación propia, a pesar de estar entrado en los cuarenta. Desde que Peiqin y él volvieron a la ciudad, a principios de los ochenta, habían compartido dormitorio con su hijo. Originariamente la habitación había sido un comedor situado en el ala de la casa que le habían asignado a Oíd Hunter a comienzos de los cincuenta.

En realidad Peiqin no protestó, pero después del fiasco del apartamento, su expresión lo decía todo. En una ocasión cuestionó la dedicación de su marido al trabajo policial, aunque no de forma explícita. En estos tiempos de «reforma económica», la gente podía escoger sus propias carreras profesionales, aunque algunas de ellas entrañaran riesgos. Como agente de policía, Yu tenía su «tazón de hierro para el arroz», lo cual, durante muchos años, había significado tener un trabajo seguro para toda la vida en la utopía comunista del presidente Mao. El tazón de hierro -irrompible- para el arroz era sinónimo de un trabajo permanente con un salario fijo, ayudas médicas y cupones de comida.



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