
Se trataba de una mala racha, concluyó pesimista el detective, apagando la colilla del cigarrillo contra el muro del patio. Después, volvió a su habitación.
Peiqin se estaba lavando los pies en una palangana verde de plástico. Continuó sentada en el taburete de bambú, encorvada, sin mirarle. Había charcos de agua en el suelo. Inevitable. La palangana era demasiado pequeña. Apenas tenía espacio para mover los dedos.
En sus tiempos de «juventud educada» en Yunnan, época que ahora prácticamente les parecía otra vida, sentada junto a Yu, Peiqin chapoteaba con los pies en un arroyo tranquilo y transparente que fluía detrás de su cabaña de bambú. Por aquella época, su único sueño era volver a Shanghai, como si allí el mundo entero se les fuera a presentar de igual modo que el arco iris se presenta en mitad del cielo azul. Igual que un rayo de luz sobre las alas azules de un arrendajo. Un camarón que nadaba en el arroyo se le enganchó en el dedo del pie, y ella se agarró a Yu asustada. Volvieron a la ciudad a principios de los ochenta, pero sólo para vivir en esa habitación de doce metros cuadrados, para encontrarse con la vida real. Pocas de sus aspiraciones se habían cumplido, excepto tener a su hijo Qinqin, el cual se había convertido en un chico muy alto. Para ellos, hacía tiempo que el arco iris sobre el lejano arroyo había desaparecido.
El apartamento nuevo de Tianling tenía un aseo pequeño, donde Yu tenía pensado instalar una ducha. El detective sacudió la cabeza y se dio cuenta de que, una vez más, estaba llorando por algo ya perdido.
