—¿Sí? —gruñí, cuando al fin lo encontré. No me sentía demasiado amigable.

—Yo me levanto aún más pronto que tú, Audran —dijo el teniente Okking—. Ya estoy en mi despacho.

—Todos dormimos mejor cuando sabemos que te encuentras en el trabajo —dije.

Todavía estaba irritado por lo que me había hecho la noche anterior. Después del interrogatorio de rutina, tuve que devolver el paquete que el ruso me había entregado antes de morir… , sin haber tenido ocasión de inspeccionarlo.

—Recuérdame que me ría dos veces la próxima vez, ahora tengo demasiado trabajo —dijo Okking—. Oye, estoy en deuda contigo por tu cooperación.

Con una mano sostuve el teléfono en mi oreja y con la otra busqué la caja de píldoras. La abrí como pude y saqué un par de pequeños triángulos azules que me despertaban al instante. Los tragué en seco y esperé a oír el resto de la información que Okking dejaba en suspenso.

—¿Y bien? —dije.

—Tu amigo Bogatyrev debió acudir a nosotros. No nos ha costado mucho cotejar sus cintas con nuestros archivos. Su desaparecido hijo murió en un accidente hace casi tres años. Nunca identificamos el cadáver.

Transcurrieron unos segundos de silencio mientras yo pensaba en ello.

—De haberlo hecho, el pobre bastardo no se hubiera reunido conmigo anoche y no habría terminado con ese agujero rojo y el desgarrón en su camisa.

—La vida es así, ¿no resulta gracioso?

—Sí. Recuerda que me ría dos veces la próxima vez. Dime lo que sabéis de él.

¿De quién? ¿De Bogatyrev o de su hijo?

Me da igual, de cualquiera. Todo lo que sé es que un hombrecillo quería que yo le hiciese un trabajo: que encontrara a su hijo. Me despierto esta mañana, y resulta que tanto él como el chico están muertos.

Debió acudir a nosotros —repitió Okking.

—En su tierra tienen la manía de no ir a la policía. Por su propia voluntad, quiero decir.



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