
Okking lo meditó, mientras decidía si le parecía bien o no. Al final, lo soltó.
—Ahí va tu paga —dijo, haciéndose el simpático—: Bogatyrev era una especie de intermediario político del rey Vyacheslav de Bielorrusia y el de Ucrania. El hijo de Bogatyrev se había convertido en un estorbo para la legación bielorrusa. Todas las pequeñas Rusias se matan a trabajar para ganar credibilidad y el muchacho Bogatyrev salía de un escándalo para meterse en otro. Su padre debió dejarle en casa y los dos estarían vivos aún.
—Es posible. ¿Cómo murió el chico?
Okking hizo una pausa. Es probable que hubiera llamado al archivo por su pantalla para asegurarse.
—Todo lo que dice es que murió en un accidente de tráfico. Giró en lugar prohibido y fue embestido por un camión. El otro conductor no fue acusado. El chico no llevaba identificación. Conducía un vehículo robado. Su cuerpo estuvo en el depósito de cadáveres durante un año, pero nadie le reclamó. Después…
—Después, fue vendido como desperdicios.
—Supongo que te sientes implicado en este caso, Marîd, pero no lo estás. Encontrar a ese maníaco de James Bond es competencia de la policía.
—Sí, lo sé.
Hice una mueca; sentí gusto a sarro en la boca. —Te mantendré al corriente —dijo Okking—. Quizá tenga algún trabajo para ti.
Si agarro primero al moddy, le empaqueto y te lo envío a tu oficina.
Seguro, chaval.
Cuando Okking colgó el teléfono, se oyó un agudo clic.
Somos una gran familia feliz.
«Sí, tienes razón», dije para mí.
Recosté la cabeza en la almohada, aunque sabía que no volvería a coger el sueño. Miraba la pintura resquebrajada del techo, con la esperanza de que otra semana transcurriera sin que se desplomara sobre mí.
—¿Quién era? ¿Okking? —murmuró Yasmin.
Todavía estaba de espaldas, acurrucada y con las manos entre sus rodillas.
