—¡Ea, ea! Vuelve a dormirte.

Al instante se había quedado roque. Permanecí embobado un buen rato en espera de que los trifets me hicieran efecto antes de rendirme y ponerme enfermo. Rodé por el colchón y me levanté. Al hacerlo, sentí un martilleo en las sienes. Después del golpe amistoso de Okking la noche anterior, fui a la «Calle» de copas, de un club a otro. En algún momento del recorrido, debí tropezar con Yasmin, porque la tenía a mi lado. Era la prueba irrefutable.

Me arrastré al baño y estuve bajo la ducha hasta que el agua caliente se terminó. Las drogas no me habían subido todavía. Me sequé con la toalla y, mientras, dudaba si tomar otro triángulo azul o pasar de todo y volver a la cama. Me miré al espejo. Estaba horrible, pero siempre me veo así ante el espejo. Me consolé pensando que mi auténtico rostro es más bien parecido. Me lavé los dientes para acabar con el espantoso gusto de la boca. Empecé a peinarme, pero suponía demasiado esfuerzo, así que volví a la otra habitación y saqué una camisa limpia y los téjanos.

Tardé diez minutos en encontrar las botas. Por alguna extraña razón, las encontré debajo de las ropas de Yasmin. Por fin estaba vestido. Si las malditas «píldoras» hicieran su parte, podría enfrentarme al mundo. Ni me hables de comer. Ya comí hace dos días.

Dejé una nota a Yasmin con el encargo de que cerrara la puerta al salir. Ella era una de las pocas personas a las que yo podía dejar sola en mi apartamento. Siempre lo hemos pasado bien juntos y creo que, en cierta frágil e inefable manera, cuidamos el uno del otro. Temíamos exigirnos demasiado, ponernos a prueba, pero los dos sabíamos que algo existía. Creo que era porque Yasmin no había nacido mujer. Tal vez, pasar parte de tu vida de un sexo y el resto de otro afecte tus percepciones. Por supuesto, yo conocía a muchos que habían cambiado de sexo y a quienes no soportaba. No se puede generalizar. Ni siquiera por amabilidad.



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