Me preguntaba si la nueva tendría aguante para seguir allí, o si el empleo la devolvería al lugar de donde había venido, satisfecha con su cuerpo transformado y con su, en parte, modificada mente. Una barra de moddies y daddies era un sitio duro para hacer dinero. Podías tener el cuerpo más despampanante del mundo, pero si los clientes estaban colgados y ponían más atención en su propia diversión intracraneal, lo mejor que podías hacer era volver a casa.

Una voz tranquila e imperturbable me habló al oído:

—¿Marîd Audran?

Me volví despacio y miré a aquel hombre. Supuse que se trataba de Bogatyrev. Un tipo pequeño, calvo, con un audífono y sin modificación alguna. Al menos, ninguna visible. Eso no significaba que no estuviera cargado con un módulo y potenciadores que yo no podía ver. Me he topado con unos pocos así a lo largo de los años. Son los más peligrosos.

—Sí —respondí—. ¿El señor Bogatyrev?

—Encantado de conocerle.

—Lo mismo digo. Tendrá que pagar una consumición o la chica de la barra empezará a calentar su gran olla de hierro.

Chiri nos ofreció aquella mirada caníbal.

—Lo siento —se excusó Bogatyrev—, no bebo alcohol.

—Está bien —respondí, y me dirigí a Chiri—: Ponle uno de éstos—pedí, levantando mi copa.

—Pero… —se quejó Bogatyrev.

—De acuerdo —dije —. Es para mí, yo la pagaré. Era cortesía por mi parte. Me la beberé también.

Bogatyrev asintió, sin expresión. Inescrutable, ¿saben? Se supone que los orientales se llevan la palma, aunque estos tipos de la Rusia Reconstruida tampoco lo hacen mal. Lo practican. Chiri preparó la bebida y se la pagué. Entonces, seguí al hombrecillo hasta una mesa del fondo. Bogatyrev no miraba ni a izquierda ni a derecha, ni prestó un instante de su atención a las mujeres semidesnudas. He conocido a varios como éste.

A Chiri le gustaba tener el club en penumbra.



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