– Por supuesto, Eddie -murmuró Atkins-. Estoy seguro de que eso se lo dices a todas. ¿Lo haces antes o después de limpiarles la cuenta corriente?

– Las he querido a todas -aseguró él-. Pero es como una compulsión. No puedo evitar pedirles matrimonio y ellas siempre aceptan. La culpa es de ellas, no mía.

– Andando -el agente Randolph le dio un tirón del brazo.

– Recuérdalo, me lo has prometido -gritó Eddie a Sean-. Confío en ti.

Los agentes introdujeron a Eddie en el asiento trasero del sedán y se marcharon calle abajo. Sean volvió a mirar el reloj. No tardaría más de media hora en dar el recado. Después, volvería al apartamento, prepararía una última factura y la enviaría por correo electrónico. La semana siguiente tendría el dinero ingresado y a la otra podría empezar a buscar un despacho pequeño. Todavía tenía que pensar en amueblarlo y en los gastos de promoción, por supuesto. Y necesitaría un teléfono, un contestador y un busca. Si quería que el negocio tuviese éxito, debía prepararse para el éxito… y comprarse un par de trajes y una corbata o dos quizá.

– A la calle Milholme -murmuró camino del coche-. Será divertido.

Estaba a sólo unos pocos kilómetros de la casa de Eddie. Sean guiñó los ojos contra el sol y se bajó las gafas de sol para leer los números por la ancha avenida. Pero al llegar a la dirección que Eddie le había indicado, descubrió que no había un apartamento o una tienda, sino una iglesia.

Detuvo el coche. Delante de la iglesia había una limusina aparcada con un cartel de «Recién Casados» detrás. -¿Qué demonios? De pronto, Sean lamentó haber aceptado el encargo de Eddie. Lo último que quería era decirle a una mujer que su pareja no se presentaría al banquete de boda.

Sean se fijó en varias mujeres desparejadas, paradas frente a la iglesia, vestidas con elegancia. Una de ellas tenía que ser Laurel Rand. Bajó del coche, echó una carrera y se dirigió a la primera mujer que encontró.



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