Pero Sean se acordaba. Se acordaba del lugar, desde entonces vacío, en el que ella solía ponerse delante de la cocina. Y su perfume… Recordaba que siempre llevaba perfume y un mandil rojo. Al descubrir aquella foto, extraviada tras un cajón de la cocina, la había guardado como única prueba de la existencia de Fiona Quinn.

Deslizó el pulgar con cariño sobre su cara, como si estuviera acariciándola. Era la mujer más bella que había visto en su vida. Le brillaba el cabello, los ojos le resplandecían. Y tenía una sonrisa que le hacía sentirse bien sólo con mirarla. Y era cariñosa, comprensiva. Era su ángel y, viva o muerta, seguía sintiendo su presencia.

– Mamá -murmuró. Cerró los ojos e intentó imaginarla diciendo el nombre de él. En algún rincón lejano de la memoria, rescató la voz de Fiona, suave, balsámica, hasta que la rabia que lo atenazaba se disolvió.

Llamaron a la puerta. Sean devolvió la fotografía a su escondite de un brinco. Después de guardar la caja de zapatos en el cajón, se tumbó en la cama.

– ¡No quiero hablar contigo! -gritó, sabiendo que sería Brian.

– También es mi habitación -contestó este al tiempo que llamaba de nuevo, esa vez con un poco más de fuerza.

Sean se levantó, quitó el cerrojo y volvió a tirarse sobre la cama.

– Eres un pesado.

– Entro si quiero. No puedes echarme de mi habitación.

– Lo que tú digas -murmuro Sean-. Pero no pienso hablar contigo.

Brian se sentó en el borde del colchón y se cruzó de brazos.

– No deberías estar enfadado. Al fin y al cabo, eres un Increíble Quinn. Se supone que a los Increíbles Quinn no deberían gustarnos las chicas. Papá dice que son peligrosas. Que arruinaremos nuestras vidas si nos enamoramos.



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