
Sean soltó una risotada cínica. Llevaba oyendo aquellas historias sobre los increíbles Quinn desde que era un bebé y sabía a qué se debía tanto despecho hacia las mujeres.
– Si te crees esas tonterías es que eres más tonto que un botijo.
Las historias se habían convertido en una tradición familiar. Historias de antepasados Quinn, fuertes, listos y valerosos, que habían matado dragones, luchado con ogros y salvado doncellas. Aunque había disfrutado oyéndolas cuando era más pequeño, hacía tiempo que se había dado cuenta de que eran mentiras, advertencias veladas de su padre contra los peligros del sexo opuesto.
– ¿Te acuerdas de la historia esa sobre Ronan Quinn, un antepasado? -Brian se acercó un poco.
– No quiero oír ninguna historia -insistió Sean.
– Ronan vivía en una casita de campo junto a un bosque enorme -continuó Brian de todos modos-. Su familia era pobre. Su padre siempre estaba fuera y su madre tenía que dar comida a seis bocas. Cuando acabaron con la última patata y la última pizca de harina, Ronan supo que estaba en una situación desesperada.
– ¡No quiero oír ninguna historia! -insistió Sean.
– Sí que quieres -dijo Brian-. Te sentirás mejor.
– Así que decidió agarrar un palo y una daga y adentrarse en el bosque para cazar al lobo -prosiguió una voz tímida. Sean y Brian se giraron hacia la puerta, por donde Liam acababa de asomar la cabeza. Aguardó expectante, esperanzado, y cuando Brian asintió con la cabeza, corrió a tirarse encima de la cama entre los dos.
– Si Sean no quiere que se la cuente, te cuento la historia a ti -dijo Brian mientras acariciaba la coronilla de Liam.
– Esta historia es genial -dijo el pequeño, con una sonrisa radiante.
Sean soltó una palabrota y aplastó la cara contra el colchón, empeñado en no oír otra absurda historia de sus antepasados imaginarios.
