
– El rey había ofrecido una recompensa por cada cabeza de lobo que se cazara en Irlanda -continuó Brian- y la recompensa alcanzaba para que Ronan y su familia tuvieran comida durante muchos años. Pero cazar lobos era un deporte peligroso, sobre todo siendo él tan joven. Además, Ronan tendría que enfrentarse al lobo con un palo y una daga nada más, arriesgándose a perder su propia vida.
– Los lobos tienen los dientes afiladísimos -comentó Liam-. Mi seño nos ha enseñado una foto. Dice que pueden matar a un hombre.
– El caso es que Ronan nunca había ido al bosque de noche y no estaba seguro de cómo encontrar a los lobos. Pero se juró no volver a casa hasta descubrir uno y matarlo… o morir en el intento. Desde el principio pasó sed, hambre. Entonces se encontró una codorniz y pensó que por fin cenaría. Pero, justo cuando iba a clavarle la daga, la codorniz se giró hacia él y dijo…
– Por favor -Liam le puso la voz al pájaro-, no me mates. Si no lo haces, te daré una bellota mágica. La bellota te concederá un deseo y yo te daré un consejo.
– Exacto -Brian asintió con la cabeza-. Y Ronan, que siempre había sido un chico de corazón tierno, no tuvo fuerzas para matar a la codorniz. Así que aceptó la bellota y se acercó a escuchar el consejo del pájaro. ¿Y qué le dijo la codorniz?
– El bosque está encantado -contestó Liam.
– Así que Ronan pidió un cubo entero lleno de monedas, pero no pasó nada. Mientras caminaba bosque adentro, pensó que había hecho un mal trato. Lo habían engañado y sólo tenía una bellota estúpida en el bolsillo. Horas después, seguía sin haber comido ni encontrado el menor rastro de lobo. Entonces vio un jabalí, negro y enorme, junto a un arrollo de bellas aguas cristalinas. Le sonaron las tripas y, de nuevo, pensó que por fin podría cenar. Se situó detrás del jabalí, levantó el palo, pero el animal se giró y le dijo que si no lo mataba, le daría un consejo y una bellota mágica. Pero esa vez no lo engañarían. No era tan tonto.
