
– Termina la historia -le dijo Liam a Brian después de marcharse Conor.
– ¿La termino? -Brian consultó a Sean con la mirada.
– Más te vale -dijo este, sabedor de que Liam no iría a cenar mientras no oyera otro final feliz de los Increíbles Quinn.
– Cuando Ronan vio el corcel, pensó que podría cazar muchos lobos, conseguir muchas recompensas y hacer rica a su familia. Sacó del bolsillo la última bellota. Pero dudó. Las bellotas debían de ser muy valiosas para que la princesa las deseara tanto. Con voz chillona, roja de rabia, la princesa le exigió que le entregara la bellota. De pronto, Ronan recordó los consejos de la codorniz, el jabalí y el ciervo.
– El bosque está encantado, las cosas no son lo que parecen y lo que quieres y lo que necesitas no siempre son la misma cosa -repitió Liam.
– ¡No!, gritó Ronan, reteniendo en el puño la última bellota. En un abrir y cerrar de ojos, el banquete, el arco, las flechas y el corcel desaparecieron, pues no eran más que una ilusión. Y la princesa se transformó en un lobo enorme, feroz, que arremetió contra él. Ronan había soltado sus armas, de modo que no tenía escapatoria.
Ni siquiera Sean estaba seguro de cómo terminaría la historia, pues se trataba de una versión totalmente distinta a la que les había contado su padre, en la que el lobo tenía prisionera a una princesa y Ronan mataba al lobo para rescatarla. Luego la llevaba con su padre y seguía su camino, pues los Increíbles Quinn nunca se enamoraban.
Brian hizo una pausa y esperó, saboreando el momento.
– Bueno, ¿y qué pasó entonces? -preguntó por fin Sean.
– Ronan se armó de valor, apretó la bellota con fuerza dentro del puño y, con los ojos cerrados, deseó que el lobo se convirtiera en un animal inofensivo, como un ratón o un conejo. Cuando dejó de oír los gruñidos del lobo. Ronan abrió los ojos y se encontró ante una delicada piel de lobo. Al agacharse a recogerla, saltó una rana fea y la princesa, al verse convertida en rana, se perdió entre los árboles del bosque. Ronan regresó a casa, ansioso por obtener la recompensa. Y nunca más volvió a faltar comida en su mesa.
