– La de Odran y el gigante -dijo Sean.

– La de Murchadh Quinn, el marinero increíble -sugirió Liam.

– La de Eamon y la hechicera -pidió Brian. Aunque Brendan sólo tenía once años, era el que mejor las contaba. Sabía envolverlas con imágenes nítidas y mucha acción, mucho mejores que cualquier libro o película.

– Me acabo de acordar de una historia que nos contó papá a Con, Dylan y a mí cuando éramos pequeños -dijo Brendan-. No creo que la hayáis oído. Es sobre Riddoc Quinn, el más listo de todos nuestros antepasados. De hecho, Riddoc Quinn lo sabía todo.

– Nadie puede saberlo todo -contestó Brian.

– Riddock sí. Porque era muy observador. No hablaba mucho, pero se fijaba en todo – Brendan se tocó una sien-. Y era muy inteligente. Como yo. Y un poco como Liam.

– ¿Vas a contar la historia o no? -se impacientó Sean.

– Riddoc Quinn vivía en un pueblo pequeño de la costa irlandesa, en una casa de piedra sobre un acantilado -arrancó Brendan tras aclararse la voz-. Sus padres eran personas sencillas, que no sabían leer ni escribir, pero Riddock aprendió por su cuenta. Leyó todos los libros del pueblo y, cuando se los acabó, empezó a visitar los pueblos vecinos para tomar prestados más libros. Pero no le bastaba. Además, Riddock hablaba con todos los que pasaban por el pueblo, les preguntaba por sus viajes, ansioso por conocer el resto del mundo.

– ¿Va a ser una de esas historias de las que se supone que tenemos que aprender algo? -murmuró Sean-. ¿Como que hay que estudiar y no faltar al colegio?

– No interrumpas o te toca a ti contar la historia -respondió Brendan-. Y debes de ser el que peor las cuenta en todo Southie.

– ¡Sigue! -le pidió Liam.

– Riddoc y su familia vivían cerca de un gran hechicero llamado Aodhfin y Aodhfin tenía dos hijas: Maighdlin y Macha. Aodhfin les regalaba todo tipo de caprichos, les daba cualquier cosa que deseasen, era capaz de sacar de la nada vestidos preciosos.



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