La bella Maighdlin se volvió egoísta y codiciosa. Su hermana Macha, en cambio, era sencilla y cándida. Maighdlin le exigía más y más regalos a su padre, dándose aires de princesa, mientras que Macha se concentró en sus estudios, aprendió latín y griego, leyó numerosos libros -continuó Brendan-. Aodhfin sabía que algún día tendría que decidir a cuál de las dos legar sus poderes mágicos. Aunque Maighdlin era avara y poco afectuosa, Aodhfin sabía que podía convertirse en una gran hechicera, quizá la mejor de los alrededores. Pero Macha tenía buen corazón y era generosa, la clase de persona que utilizaría sus poderes para hacer el bien. Dividido entre las dos hijas, el viejo hechicero pasó muchas noches en vela, ponderando su decisión. Pidió consejo a sus amigos, pero estos no se pronunciaban, por miedo a equivocarse y a sufrir las consecuencias más adelante. Un día, mientras paseaba por el bosque, Aodhfin se encontró a un campesino y le pidió su opinión. El campesino sonrió y le recomendó que le preguntara a Riddoc Quinn, pues él lo sabía todo y podría darle una respuesta.

– Seguro -dijo Liam-. Riddoc Quinn era el chico más listo de Irlanda.

– Pero no sólo sabía lo que había aprendido en los libros. Comprendía a los demás, sus defectos y virtudes, pues había hablado con muchas personas en su búsqueda de conocimiento y había aprendido de todos ellos -prosiguió Brendan-. Así que Aodhfin hizo llamar a Riddoc Quinn para que fuese a su casa, un castillo oscuro en medio del bosque. El viejo hechicero no podía creerse que aquel chico harapiento fuese la persona que buscaba. «He oído que eres muy sabio», dijo el hechicero. Riddoc asintió con la cabeza. «Entonces dejaré la decisión en tus manos», dijo el hechicero. «Elige entre mis dos hijas cuál será una gran hechicera. Pero antes has de decirme cómo piensas decidirlo». Riddoc se quedó pensando un buen rato. «Les haré tres pruebas», contestó. «Y deberán responder con sinceridad».



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