
El ruido del llanto y de las quejas de Eufrasia se escuchaba desde fuera de la casilla subiendo y bajando porque era seguro que la mujer mordía algún trapo sucio para aminorar dolores y sonidos. También a veces se interrumpía para rezar gangosa y era posible escuchar su plegaria.
– Ay, Santa Carolina, tan fácil que fue entrar y tan difícil de que saiga.
Los demás se habían apartado hasta el galpón en busca de carne para preparar el asado que comerían con una curiosa ensalada de legumbres y algunas hojas de plantas de perfume fuerte y nombre desconocido.
A cada gemido yo me sentía mas nervioso. Cuando sentí que para mi aquello era demasiado, me levante y les dije:
– Esto no lo aguanto. Voy a Santamaría Vieja que conserva hospital. Busco partera, comadrona o medico. Si la dejamos, la Eufrasia se nos muere.
El cielo estaba nublado y el calor húmedo hacía brotar el sudor. Mientras iba hasta el jeep oí decir a alguno de mis amigos Wasp:
– Parirás con dolor.
Finalmente subí al jeep y lo puse en marcha, resuelto a ir hasta el pueblo en busca de una comadrona para la parturienta. Hundí el acelerador y me aleje de la casona. Tenia que recorrer kilometres y el tanque estaba lleno. Aunque hice después muchas veces el viaje a Santamaría Vieja, ida y vuelta, nunca me entere de cuantas leguas nos separaban. Me aleje hundiéndome en el polvo y en el calor que continuaba creciendo lentamente.
Mientras corría el jeep en aquella tarde que fue bautizada como el día del gran parto, era consciente de que a mi derecha estaba el no.
