
Estaba ya pensando en decir muchas gracias y adiós cuando me trajo consuelo un aborigen vestido con guardapolvo que tal vez hubiera sido blanco el día anterior. Me señaló un montón de bolsas que podían servirme de asiento con respaldo, me señaló un agujero redondo en el suelo y me entrego un cuchillito. Aquel hombre se hizo mi capataz con muy pocas palabras.
Así fui sabiendo que el agujero redondo se llamaba tolva, que era necesario alimentarlo con el trigo o lo que contuvieran las bolsas, que si llegaba a vaciarse ese aparato que separaba el polvo del grano, se estropearía. Y fui sabiendo que aquella tarea parecía haber sido inventada expresamente para mi. Recuerdo tantas semanas de felicidad nocturna, el trabajo sin la inevitable presión de un patrón o jefe-cito. Leyendo alguna historia de asesinado y detective, leyendo un diario o revista, vigilando de rabo de ojo a un costado la boca angurrienta de la tolva. Y tan solo y en calma en la noche eterna siempre alumbrado por luces eléctricas porque el enorme edificio no tenia ventanas y era indiferente e ignorado el hecho de que afuera, en la ciudad, lloviera o iluminara un sol blanco y rabioso. Allí, tampoco ni calor ni frío. Muchas ratas gordas y veloces que no se sabia de que disparaban o adonde pensaban ir. Solo proyectos porque un perrito pequeño, color mugre, las perseguía y alcanzaba para clavarles los dientes y desnucarlas. Nunca lo vi fracasar. Y siempre, después de la victoria, volvía a correr desesperado para beber agua en una gran pileta o enjuagarse el asco.
Apunte: noches Felices, pero seria mas exacto llamarlas noches de paz. Porque si me ocurría divagar sobre algún problema nunca se trataba de problemas impuestos por el mundo de afuera.
