Eran mis problemas, absolutamente míos. Eran de esa raza de problemas que millones de personas se habían planteado sin resolver. Los imagino, con preferencia, al lado de un fuego así como yo estaba al lado de la tolva. Todo era noche calma, noche serena, hasta que un mediodía vi el anuncio en el periódico que había abandonado sobre los platos usados del almuerzo un compañero de pensión. Cada vez miro los diarios y me basta espiar los titulares para fortalecer mi vieja convicción de que la estupidez humana es inmortal. La única esperanza creíble que nos van dejando se llama nuclear.

El anuncio era muy distinto de sus compañeros de pagina. Ofrecía empleo a un hombre «cuya ambición no respeta ningún limite y que este dispuesto a viajar». Yo encajaba muy bien entre las edades mínima y máxima señaladas como indispensables. Nunca olvidare el numero telefónico al que estuve llamando inútilmente durante varios días aprovechando las horas de libertad que me concedía la tolva. A veces el teléfono estaba ocupado y el tono era de eternidad o lo imaginaba llamando a nadie en una vieja oficina despoblada.

Si era necesario cargar un barco con urgencia, S.O.S. también trabajaba los sábados de tarde. Pero por desgracia para aquel país eso no sucedía con frecuencia. De modo que yo estaba libre casi todas las tardes de sábado. Y las aprovechaba para intentar respuesta. Tal vez ese numero ya hubiera triunfado en su cacería de hombre ambicioso dispuesto a viajar. Si. Pero un miércoles de agosto muy asqueroso con su frió y lluvia, el numero se transformo en voz.


7 de abril

Trato de recordar como era aquella voz la primera vez que la escuche. Adjetivos: blanda, húmeda, acariciante, la manejada para insistir sin violencia en la oferta de algo obscena y apenas peligroso.

Era la misma voz que me repitió en la entre-vista: Usted debe tomar al pie de la letra aquello de que los últimos serán los primeros.

Acompañó la frase con una risita mas amable que burlona. La oficina estaba instalada en un edificio ruinoso de la ciudad vieja. La fachada estaba casi cubierta de chapas de cualquier material que ofrecían cualquier profesión, brujerías o callicidas. La oficina era una tristeza polvorienta, mesa de pino, dos sillas desparejas, teléfono y fichero metálico verde.



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