Y ahora el anunciante, que nada tenía que ver con el ambiente, me dio la rara sensación de ser un hombre que nada tenia que ver con nada. Pero la cara si tenia que ver con la voz. Era muy blanca, muy grande en comparación con el cuerpo casi infantil y excesivamente bien vestido. Un diamante en la corbata pero ningún anillo en los dedos manicurados. Cuando sonreía, mostrando fuertes dientes de caballo, los labios se adelantaban para formar un circulo perfecto.

– ¿Y su ambición hasta donde cree que podría llegar?

– Depende. No me ofrecería para lucrar negros ni cualquier clase de esclavos.

– Lamento decirle que mi muestrario de ofertas es muy reducido. No dispongo de esa clase de infamias. Para su ambición le puedo proporcionar este destino: ir a un país desconocido, no hacer nada y cobrar mucho dinero. No hacer nada pero dejar hacer. Y también informar.


10 de abril

Me aleje de las ominosas S.O.S. alegando enfermedad y tuve tres entrevistas con el hombre que se hacía llamar «Profesor Paley, aunque no sean mi nombre ni titulo. También tengo otro nombre y profesión para usted».

En la segunda o en la ultima reunión, apareció la palabra destino. El profesor preguntó si el nombre Santamaría me era conocido. Le dije que toda América del Sur y del Centra estaba salpicada de ciudades o pueblos que llevaban ese nombre.

– Ya lo se. Pero nuestra Santamaría es cosa distinta.

Así apunto, mas o menos fiel, el episodio de mi adiós a Monte. Recuerdo que entonces robe el lema del New York Times y me jure apuntar todo lo que fuera digno de ser apuntado.


12 de abril



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