
– Lamento hacerte pasar por esto. Como sólo llevamos compartiendo cuarto unos cuantos meses, a mí no me escucha. Pero siempre está hablando de ti; pensé que no te importaría si…
– No pasa nada. Estoy acostumbrada. Nos criamos juntos, y he estado cuidando de él desde que tenía seis años.
– ¿No sois parientes?
Ella negó con la cabeza.
– A él lo adoptó la madre de la mujer que me recogió y me crió. Es un chico encantador cuando no se siente tan condenadamente inseguro, pero hay ocasiones en que me gustaría sacudirle.
– Sé indulgente con él. Padece un caso severo de nerviosismo. -Paul se dirigió hacia la barra-. Pagaré la cuenta.
¿Indulgente con él? Si Ron y Sandra Fitzgerald no hubieran sido tan indulgentes con Mike, éste no habría olvidado lo que había aprendido en Luther Street y estaría más capacitado para enfrentarse al mundo real, pensó Jane con exasperación.
– ¿Estás furiosa conmigo? -preguntó Mike con aire taciturno-. No te enfades conmigo, Jane.
– Por supuesto que estoy furiosa… -Él la estaba mirando como un cachorro maltratado, y no pudo terminar-. Mike, ¿por qué te estás haciendo esto?
– Estás enfadada conmigo. Decepcionada.
– Escúchame. No estoy decepcionada. Porque sé que lo harás estupendamente en cuanto logres superar esto. Venga, salgamos de aquí y vayamos a algún lugar donde podamos hablar.
– Hablemos aquí. Te invitaré a una copa.
– Mike. No quiero… -Era inútil. La persuasión estaba fracasando. Tenía que sacarlo de allí de la forma que pudiera-. Levántate. -Jane dio un paso hacia la mesa-. Ahora. O te cogeré como un bombero y te sacaré de aquí sobre mis hombros. Sabes que puedo hacerlo, Mike.
Mike la miró de hito en hito, horrorizado.
– No me harías eso. Se reirían todos de mí.
– Me trae sin cuidado que todos esos perdedores se rían de ti. Deberían estar estudiando para sus exámenes, en lugar de poner en maceración sus cerebros. Igual que tú.
