
– No importa. -Mike meneó tristemente la cabeza-. Catearé de todos modos. Nunca debí haber venido aquí. Ron y Sandra se equivocaron. Jamás podré graduarme en una de las mejores universidades del país.
– La universidad jamás te habría aceptado, si no hubieran creído que podías conseguirlo. Lo hiciste muy bien en el instituto. Esto no es diferente, si te esfuerzas. -Jane suspiró cuando se dio cuenta de que no conseguía llegar a él a través de aquella bruma alcohólica-. Hablaremos después. Ponte de pie.
– No.
– Mike. -Se inclinó para poder mirarlo directamente a los ojos-. Le prometí a Sandra que cuidaría de ti. Eso implica no permitir que empieces tu primer año como un borrachín o que acabes en la cárcel por beber sin tener edad. ¿Y mantengo mis promesas?
Él asintió con la cabeza.
– Pero no deberías haber prometido… Ya no soy un niño.
– Entonces, no actúes como si lo fueras. Tienes dos minutos más antes de que te haga parecer el gilipollas que estás siendo.
Mike abrió los ojos desmesuradamente con inquietud, y se levantó de un salto.
– ¡Maldita seas, Jane! No soy…
– Cállate. -Jane lo cogió del brazo y lo empujó hacia la puerta-. No me siento muy cariñosa contigo en estos momentos. Mañana tengo un examen final, y tendré que estudiar hasta el amanecer para recuperar este tiempo.
– ¿Por qué? -preguntó Mike con tristeza-. Sacarías un sobresaliente de todas las maneras. Algunas personas lo hacen. Otras, no.
– Eso son chorradas. Y una excusa bastante lastimosa para comportarse como un vago.
Mike negó con la cabeza.
– Paul y yo hablamos de ello. No es justo. Tú lo tienes todo. Dentro de unos meses habrás terminado la carrera con matrícula de honor, y harás que Eve y Joe se sientan orgullosos. Yo tendré suerte si consigo llegar a ser el último de mi clase.
– Deja de lloriquear. -Abrió la puerta y lo empujó fuera del bar-. Ni siquiera llegarás a terminar el primer trimestre, si no entras en vereda.
