
– No tengo tiempo. -Jane concluyó el boceto con tres rasgos audaces-. Ya te lo dije, tengo que estudiar para mi examen final de química.
– Sí, eso es lo que me dijiste. -Pat sonrió mientras se sacaba las zapatillas con sendos puntapiés-. Pero aquí estás, dibujando de nuevo al señor Maravilloso.
– Créeme, no tiene nada de maravilloso. -Cerró el cuaderno de golpe-. Y sin duda alguna no es el tipo de hombre que una llevaría a casa para que conociera a mamá y a papá.
– ¿Una oveja negra? Excitante.
– Eso sólo ocurre en las telenovelas. En la vida real, no son más que un gran problema.
Pat torció el gesto.
– Pareces una hastiada mujer del mundo. ¡Por Dios!, tienes veintiún años.
– No estoy hastiada. El hastío es para la gente que no tiene la imaginación suficiente para hacer que la vida siga siendo interesante. Pero he aprendido a ver la diferencia entre enigmático y problemático.
– Podría aprender a vivir con esa clase de problema si va en un envoltorio tan atractivo. Es guapísimo. Una especie de cruce entre Brad Pitt y Russell Crowe. A ti también te lo debe de parecer, o de lo contrario no estarías pintando su cara a todas horas.
Jane se encogió de hombros.
– Es interesante. Encuentro algo nuevo en su cara cada vez que lo dibujo. Esa es la razón de que lo utilice como distracción.
– ¿Sabes?, la verdad es que me gustan esos bocetos. No sé por qué no le has hecho un retrato de cuerpo entero. Sería mucho mejor que el que hiciste de la anciana y que ganó aquel premio.
Jane sonrió.
– No creo que el jurado estuviera de acuerdo contigo.
– Oh, no te estoy criticando. El otro retrato era magnífico. Aunque por otra parte, tú siempre eres magnífica. Algún día serás famosa.
Jane chasqueó la lengua.
– Quizá si viviera tanto como la abuela Moses. Soy demasiado práctica. No tengo temperamento artístico.
