– Todavía podría ocurrir.

– Ca, ya te has acostumbrado a mí. En realidad, nos complementamos. Tú eres comedida, trabajadora, responsable y apasionada. Yo soy abierta, perezosa, mal criada y una picaflor social.

– Por eso tienes una nota media de notable.

– Bueno, también soy competitiva, y tú me estimulas. Esa es la razón de que no busque una compañera de cuarto que sea tan fiestera como yo. -Se sacó la camiseta por la cabeza-. Además, espero que el señor Maravilloso haga acto de presencia, para poder seducirlo.

– Te llevarás un chasco. No va a aparecer. Probablemente ni se acuerde de que estoy viva, y a estas alturas para mí no es más que una cara interesante.

– Me aseguraría de que me recordara. ¿Cómo dijiste que se llamaba?

Jane sonrió con socarronería.

– Señor Maravilloso. ¿Cómo, si no?

– No, en serio. Sé que me lo dijiste, pero…

– Trevor. Mark Trevor.

– Eso es. -Pat se dirigió al baño-. Trevor…

Jane bajó la mirada hacia el cuaderno de dibujo. Resultaba curioso que Pat se volviera a centrar de repente en Trevor. A pesar de lo que había dicho, por lo general respetaba la intimidad de Jane, y con anterioridad había retrocedido, cuando había visto que Jane se retraía después de que le hubiera preguntando por él.

– Deja ya de analizar. -Pat asomó la cabeza por la puerta del baño-. Puedo oír girar los engranajes incluso por encima del ruido de la ducha. Acabo de decidir que tengo que ocuparme de ti y encontrarte un tío cachas que te folle y te haga liberar toda esa tensión acumulada que estás almacenando. Últimamente has estado viviendo como una monja. Ese tal Trevor parece un buen candidato.

Jane negó con la cabeza.

Pat torció el gesto.

– Tozuda. Bueno, entonces pasaré de él y seguiré con los talentos locales. -Volvió a desaparecer dentro del baño.

¿Pasar de Trevor? No era probable, pensó Jane. Había intentado ignorarlo durante los últimos cuatro años, ocasionalmente con éxito. Sin embargo, él siempre había permanecido en un segundo plano, esperando a colarse en su conciencia. Esa era la razón de que hubiera empezado a dibujar su cara hacía tres años. Una vez que terminaba el dibujo, podía olvidarlo de nuevo durante un tiempo y seguir con su vida.



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