Y era una buena vida, plena, con muchas cosas por hacer, y por supuesto nada vacía. No lo necesitaba. Estaba cumpliendo sus objetivos, y la única razón para que permaneciera el recuerdo de Trevor era las dramáticas circunstancias en las que transcurrió el tiempo que habían pasado juntos. Tal vez a Pat pudieran resultarles enigmáticas las ovejas negras, pero su amiga había crecido entre algodones y no era consciente de cuánto…

Su móvil sonó.


La estaban siguiendo.

Jane miró por encima del hombro.

No había nadie.

Al menos nadie sospechoso. Un par de estudiantes de la universidad que habían salido a pasárselo bien paseaban por la calle y observaban a una chica que acababa de bajar del autobús. Nadie más. Nadie que se interesara en ella. Debía de estar volviéndose paranoica.

¡Y una mierda! Todavía conservaba sus instintos de niña de la calle y confiaba en ellos. Alguien la había estado siguiendo.

De acuerdo, podía ser cualquiera. En aquel vecindario había bares en todas las manzanas que daban servicio a los universitarios que acudían en bandadas desde todos los campus de los alrededores. Quizás alguno había advertido que estaba sola, había concentrado su atención en ella durante unos minutos como polvo en ciernes, y luego había perdido el interés y vuelto a escabullirse dentro del bar.

Como iba a hacer ella.

Lanzó una mirada a las luces de neón del edificio que tenía delante. ¿El Gallo Rojo? ¡Oh, por Dios, Mike! Si se iba coger una cruda, al menos podría haber escogido un bar cuyo propietario tuviera algo de originalidad.

Eso era esperar demasiado. Incluso cuando Mike no era presa del pánico, no era ni selectivo ni crítico. Era evidente que esa noche tanto le daba que el lugar se llamara La Taberna de las Gotas de Rocío, siempre que le sirvieran la suficiente cerveza. Por lo general ella habría optado por dejarle cometer sus propios errores y que aprendiera de ellos, pero le había prometido a Sandra que lo ayudaría a instalarse.



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