Ese riesgo provenía del uso de, por ejemplo, la distanciación hallada en «Con Jimmy, en Paracas» y la libertad formal que, por Cortázar, había practicado en ese cuento, lo que suponía el alejamiento de la trama a lo Montherlant; del mundo adolescente descubierto en «Las notas que duermen en las cuerdas» y que se abría, con la decadencia de la oligarquía, a los relatos de La felicidad ja ja; de la práctica del tiempo que le llegaba de Proust, el flujo de conciencia de Joyce y el poderoso diálogo de Hemingway, que se unían a una variadísima galería de voces y perspectivas desde las que se retrataba el mundo de la oligarquía, contemplado unas veces con nostalgia, en otras ocasiones con alguna simpatía, y por momentos con cierta agria y no disimulada queja. Pero lo importante, junto al humor, la nostalgia y otros gustos, resultaba el perfilado de los personajes, que convertían a los espacios retratados en un universo abigarrado, atractivo y extraordinariamente vivo a pesar de la distancia existente, fundamentalmente económica, con el lector, como a éste le recordaba en alguna ocasión el narrador en una prueba de vigorosa oralidad.

El uso del humor y de la nostalgia adquirían renovados valores producto del enfoque irónico con que se contemplaba la materia a novelar. También «Con Jimmy, en Paracas» suponía el intento más logrado en ese aspecto. La novela, aunque procedía de la sola memoria del narrador, ofrecía, además, un multiperspectivismo que se avenía con mayores posibilidades a la concepción irónica con que se dotaba al narrador de la novela. El mundo de Julius, el del palacio y sus contornos, el de la servidumbre y la familia, se ofrecían con, al menos, un doble punto de vista, resolución que aportaba sensaciones procedentes de un sentimiento que asumía la ambivalencia.



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