El humor será triste, pues en última instancia trata de disfrazar dolores profundos, y la nostalgia supondrá la aspiración a recobrar una experiencia truncada e incompleta, que ha de extraerse del olvido para su elaboración memorística. Unido a ello, la maestría de algunas escenas en que experimenta con un nuevo lenguaje que se subordina no ya sólo al espacio o a los personajes sino incluso a los tiempos que especulan con la nostalgia, la melancolía o el imaginario de las clases sociales. Tal vez haya de considerarse la lectura por entonces de las bildungsroman alemanas y francesa. El tiempo se acomoda también al ritmo demandado por la escena y, en general, por la historia toda, desde la infancia del protagonista hasta su crudo enfrentamiento en los albores de la adolescencia, cuando Julius queda abocado a un desencuentro traumático al descubrir por fin y verdaderamente su mundo, despojado de los ropajes, exquisitos o sórdidos, tras los que se escondía el auténtico.

Una nueva etapa de su obra venía siendo anunciada por algún relato de Huerto cerrado («El camino es así» y «Las notas que duermen en las cuerdas») y la metaficcionalidad más incipiente de Un mundo para Julius, aún tímidamente esbozada en las escenas de la redacción de Julius sobre el padre de Fernandito Ranchal y de Cano bautizando y, por tanto, inventando su propio mundo con su varita. La preocupación por la escritura y sus dificultades se convertiría en una metáfora de la vida. Si Julius, como Manolo, recorrían los hitos de un proceso de aprendizaje y maduración con signos explícitos y simbólicos, algunos personajes de La felicidad ja ja, así como después Pedro Balbuena, Martín Romaña, Felipe Carrillo y Max Gutiérrez, por ejemplo, viven la escritura como si de una vida se tratara.



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